Mauritania: entre el inchallah y la cooperación paternalista.

Publicado: 17 septiembre, 2008 en News, Actualidad
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    Este artículo es de  Enrique Venegas Sánchez, con motivo del día del cooperante el diario EL DIA decidió dedicar su suplemento sobre África a la cooperación realizada desde Canarias. Por ello solicitaron un artículo de opinión sobre su experiencia como cooperante en Mauritania, pero una llamada de última hora le indica que no pueden publicar este artículo….

    Lo que comúnmente podríamos decir CENSURA.. Bueno les dejo que lean el artículo.

un saludo.

Mauritania: entre el inchallah y la cooperación paternalista.

 

Cualquier visitante de Mauritania habrá escuchado en repetidas ocasiones esta expresión, “inchallah”, que podríamos traducir por el conocido “si dios quiere” de nuestros mayores. Quien además haya permanecido en el país algún tiempo habrá comprobado también la carga de resignación, incluso de aparente indiferencia, asociada a esta expresión. Desde luego ciertas dosis de serenidad y calma son necesarias para sobrevivir en un espacio físico tan árido y con temperaturas tan elevadas. De hecho no faltan quienes encuentran en este conformismo la explicación de que no se hayan producido graves conflictos sociales a pesar de que un 40% de su población vive por debajo el nivel de pobreza. Asombra más aún la aceptación -incluso en no pocos casos la satisfacción- de amplios sectores de la población ante el golpe de Estado del pasado 6 de agosto, el tercero en cinco años. Por no hablar de la cara de estupefacción que se nos puede quedar cuando algún amigo del país nos dice que “la democracia es un invento de los europeos que no sirve para Mauritania”. Valdría la pena que reflexionáramos sobre las razones que podría haber tras estas opiniones. Si eso ocurre con la democracia ¿qué podemos esperar cuando hablamos de cooperación para el desarrollo?

 

Resulta bastante evidente que la única forma de evitar que algo resulte ajeno es asegurar el protagonismo de aquéllos a quienes concierne el asunto en cuestión.  Quizás por ello, tras más de cincuenta años de historia de cooperación para el desarrollo, la participación de los potenciales beneficiarios esté asociada a cualquier posibilidad de éxito en la mejora de sus condiciones de vida. La experiencia ha demostrado que los proyectos diseñados, llevados a la práctica y administrados por las entidades de los países donantes, con escasa o nula participación de las poblaciones de los países receptores, no contribuyen al desarrollo sostenible a medio plazo. En palabras de Eveline Herfkens, fundadora de la Campaña del Milenio de las Naciones Unidas: “Los proyectos controlados por los donantes encajan con una idea paternalista del desarrollo e incluso la refuerzan. Nosotros enseñamos, tú escuchas; nosotros damos, tú recibes; nosotros sabemos, tú aprendes; nosotros nos ocupamos de las cosas porque tú no puedes. No dejamos que los países africanos asuman su propia responsabilidad”.

 

A pesar del amplio consenso internacional sobre este asunto seguimos exportando sistemas de alfabetización –por hablar del ejemplo que conozco más de cerca- sin la menor consulta a la población a la que van dirigidos. Sin hacer un diagnóstico de la realidad para conocer sus dificultades, los grupos sociales y las personas que las padecen, sin escuchar sus propuestas para solucionarlas y, por supuesto, sin que tomen parte en la selección de la alternativa más adecuada. Quizás sea esa la razón de que después de siete años y más de tres millones de euros invertidos el alumnado que completa el ciclo formativo con éxito no llegue al 10%.

 

Como apunta la Agenda de la Eficacia de la Ayuda que recogía la Declaración de París de 2005, los cambios sustanciales en la forma de pensar y actuar de los donantes, tan necesarios para mejorar la gestión y orientación de la Ayuda, sólo serán posibles si los ciudadanos y ciudadanas de los países ricos exigen mayor información acerca de la eficacia y calidad de las aportaciones que gestionan sus gobiernos. En nuestras islas, tras más de una década destinando fondos públicos a la cooperación para el desarrollo, sigue estando pendiente la evaluación del impacto de nuestras actuaciones. Durante demasiado tiempo, ni los gobiernos de los países ricos ni los de los países pobres han rendido cuentas ante la ciudadanía sobre la gestión de la ayuda al desarrollo. Una gestión orientada a los resultados implicaría asegurar y demostrar el impacto real que la ayuda tiene en la vida de las personas. Que, por otra parte, no mejorará mientras los donantes continúen estableciendo sus prioridades de ayuda al desarrollo en función de intereses geoestratégicos, económicos, comerciales o de inmigración.

 

La celebración del Día del Cooperante debería servir para profundizar sobre los retos y los aspectos pendientes en este campo y no únicamente para que, tanto los gobiernos de turno como las ONGDs “se visibilicen institucionalmente ante la opinión pública”. Sobre todo si queremos que no llegue el día en que nuestro amigo de un país empobrecido, con toda la razón del mundo, nos diga que eso del desarrollo es un invento de los europeos y que para su país no vale.

 

 

Enrique Venegas Sánchez

Cooperante en Mauritania entre 2002 y 2005. Ha publicado recientemente “Guía de Recursos para la Cooperación Internacional: herramientas para profesionales”. Actualmente es uno de los representantes de la ONGDs en el Consejo de Asesor de Cooperación del Gobierno de Canarias.

 

 

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